Hace casi diez años miles de jóvenes se manifestaban en la plaza de Kyiv en favor del ingreso de Ucrania a la Unión Europea. El gobierno intentó disolver las manifestaciones con una fuerte represión, pero eso provocó una protesta cada vez más activa que derivó en el Euromaidan y la renuncia del presidente Yanukóvich. Poco después Rusia ocupó y anexó Crimea y en el este de Ucrania se produjo el conflicto separatista prorruso del Donbás que pese a los acuerdos de Minsk para pacificar la región no pudo ser resuelto.
Seguramente Putin haya pretendido
emular aquella anexión de Crimea, pero a gran escala invadiendo toda Ucrania,
confiando en que las tropas se unirían a los invasores rusos, que el pueblo
ucraniano lo aclamaría y que podría instalar un gobierno sometido a Moscú
rápidamente.
Sin embargo, el avance ruso encontró
una fuerte resistencia ucraniana. También hubo importantes imprevistos y
problemas de abastecimiento. El equipamiento militar abandonado o destruido
muestra signos de falta de mantenimiento y aunque la cantidad de maquinaria
bélica y tropas es enorme, la mayoría de ellas parecen contar con escasa
instrucción. Pronto el deshielo y la lluvia convertirán las llanuras en un
lodazal intransitable en el que hasta los tanques quedan empantanados. El
invasor ruso se encuentra con las mismas dificultades que enfrentaron Napoleón
y más tarde Hitler en esas llanuras: un terreno sumamente hostil y un pueblo
que resiste tenazmente.
Las imágenes de ciudades bombardeadas,
de las víctimas de los ataques, y de más de un millón de mujeres y niños que
buscan refugio en Polonia y otros países de la Unión Europea resultan
estremecedoras. Los ataques a centrales nucleares, a hospitales, y a personas
indefensas, evidencian la crueldad del invasor y el desprecio por el derecho
humanitario que debe observarse en los conflictos armados.
Sin posibilidades de avanzar tal como
lo había planificado y ante la disyuntiva de tener que retroceder y asumir la
responsabilidad penal internacional por el desastre humanitario que está
provocando, tal vez Putin podría doblar su apuesta e intensificar los ataques
con bombardeos y misiles o quedar aferrado a un conflicto de larga duración
como ocurrió en Afganistán y en Vietnam.
Su accionar responde a una lógica
imperial del siglo XIX y de la primera mitad el siglo XX cuando aún no existía
la Organización de las Naciones Unidas e ignora el mandato de asegurar la paz y
la seguridad internacional que le corresponde a Rusia como Estado miembro del
Consejo de Seguridad.
La Unión Europea que no había superado el Brexit y apenas comenzaba a recuperarse de la crisis provocada por la pandemia del Covid 19, se fortaleció frente al sorpresivo ataque a un país europeo y dio una respuesta rápida y coordinada mostrando que puede hacer frente a las amenazas. Y Ucrania reafirma su identidad europea. Su pueblo lucha por ser libre, soberano y democrático, y ha renovado su determinación de formar parte de la Unión Europea.

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